Notas de Elena – Sábado 14 de marzo – La humildad de los sabios – Escuela Sabática

Sábado 14 de marzo
Moisés tenía un profundo sentido de la presencia personal de Dios. No miraba solamente a través de los siglos esperando que Cristo se manifestase en la carne, sino que veía a Cristo de una manera especial acompañando a los hijos de Israel en todos sus viajes.
Dios era real para él, siempre presente en sus pensamientos. Cuando se le interpretaba erróneamente, cuando estaba llamado a arrostrar peligros y soportar insultos por amor de Cristo, los sufría sin represalias. Moisés creía en Dios, como en Aquel a quien necesitaba, y quien le ayudaría por causa de su necesidad. Dios era para él un auxilio presente…
En esto hay otro punto de la fe que deseamos estudiar: Dios recompensará al hombre de fe y obediencia. Si esta fe penetra en la experiencia de la vida, habilitará a cada uno de los que temen y aman a Dios para soportar pruebas. Moisés estaba lleno de confianza en Dios, porque tenía una fe que se apropiaba sus promesas… Miraba a Dios, y confiaba en que él le daría fuerza para vencer toda tentación. Sabía que le había sido asignada una obra especial, y deseaba, en cuanto fuese posible, cumplir cabalmente esa obra. Pero sabía que no podía hacerlo sin ayuda divina; porque tenia que tratar con un pueblo perverso. La presencia de Dios bastaba para hacerle atravesar las situaciones mas penosas en las cuales un hombre pudiera ser colocado.
Moisés no pensaba simplemente en Dios; le veía. Dios era la constante visión que había delante de él; nunca perdía de vista su rostro. Veía a Jesús como su Salvador, y creía que los méritos del Salvador le serian imputados. Esta fe no era para Moisés una suposición; era una realidad. Esa es la clase de fe que necesitamos: la fe que soportará la prueba. ¡Oh cuántas veces cedemos a la tentación porque no mantenemos nuestros ojos puestos en Jesús! Nuestra fe no es continua, porque, por la complacencia propia pecamos, y luego no podemos mantenemos “como viendo al Invisible.” (Joyas de los testimonios, t. 2, pp. 267, 268).
Jesús vino a este mundo en humildad. Era de familia pobre. La Majestad de los cielos, el Rey de gloria, el Jefe de las huestes angélicas, se rebajó hasta aceptar la humanidad y escogió una vida de pobreza y humillación. No tuvo oportunidades que no tengan los pobres. El trabajo rudo, las penurias y privaciones eran parte de su suerte diaria. “Las zorras tienen cuevas -decía- y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recline la cabeza” (S. Lucas 9:58) (El ministerio de curación, p. 149).

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